Universidad Nacional de Colombia
Ornamento, la vergüenza hipócrita de la modernidad “políticamente correcta”
El
ornamento se suele asociar como la tendencia del decoro previo al movimiento
moderno, donde este suele darle el carácter a las obras propias de esta
práctica en la arquitectura. El decoro ornamental da identidad al edificio que
se vale de este para tener complejidad compositiva y claro, no es solamente una
intención decorativa sin sentido, al contrario, el decoro ornamental tiene un
sentido que responde a su época, de forma exclusiva a esta, de lo contrario se
incurriría en lo que diría Adolf Loos, en un crimen, crimen que nace en el
momento de entender el ornamento como instrumento atemporal, donde este, pierde
totalmente su carácter inherente y se convierte en una herramienta que
satisface de forma errónea las intenciones decorativas de un edificio al que
“no le queda” el objeto ornamental y tergiversando el significado innato y
propio del ornamento, significado que se ha difuminado en un sinfín de
interpretaciones superficiales que le han otorgado la mala fama de ornamento
criminal, ornamento sin sentido en medio de la funcionalidad hipócrita del
mundo moderno, que ha coartado las libertades individuales y le ha dicho al
arquitecto como debe actuar.
El
paradigma del mundo moderno nace en su intención de mecanizar todo objeto para
darle el valor de utilidad, la intención de crear una sociedad mecánicamente
funcional para garantizar la idea de calidad de vida ¡Qué contradictorio! Esto
supone un enfrentamiento a toda intención que no sea funcional, la condena
continua a las intenciones naturales de la propia naturaleza y el continuo
juzgamiento a las intenciones emocionales del hombre que se ha inhibido ante
los deseos dictatoriales del mundo moderno.
Esto
supone de entrada que el mundo moderno y el arte a pesar de que tuvieron una
relación estrecha, no se lleven del todo bien, las intenciones del arte que no
se basan en la funcionalidad ni la mecanización entran en un conflicto de
intereses con la modernidad arrolladora y arraigada a sus ideales nacidos de una
moral creada por ellos mismos, una moral hipócrita y parcializada que cree ser
dueña de la verdad y cree que ha creado algo que ya estaba hecho, simplemente
que interpretó bajo condiciones propias, pero que jamás creo de la nada, como
la modernidad suele creer. De allí viene la “renuncia” a toda intención
ornamental, considerada por la modernidad como un objeto de simple decoro sin
valor útil y pragmático, la condena continua y la criminalización del
ornamento, que, si bien en si mismo es inútil, responde a una intención
temporal y a un significado intencional propio de una época que necesitaba del
ornamento como herramienta en sus composiciones y que significaba al ornamento
más allá de un simple decoro inútil como la modernidad lo ha mostrado.
Es
entonces que se pregunta ¿Cómo la modernidad convierte al ornamento en su vergüenza
hipócrita? La modernidad operó con formas y composiciones excepcionales, dando
como resultado una idea de arquitectura maestra y armónica, siguiendo de forma
limpia los principios Vitruvianos y mejorando de forma clara la idea de habitar
el espacio, pero difícilmente de apropiarse del mismo, como causa, la
homogeneización de los valores compositivos que se convirtieron en un arma de doble
filo y las constantes paradojas que se ciernen sobre la arquitectura moderna. Entre
ellas, es el ornamento. El ornamento es el principal enemigo de la arquitectura
moderna, como ya se mencionó, por su poco valor pragmático y funcional, es
evidente que estorbaba en las concepciones del nuevo mundo, pero que bien las
pasiones propias del nuevo mundo jamás se irían por muy novedosa que haya sido
la modernidad, es entonces, que el ornamento se convierte en un objeto de deseo
y rechazo por parte de la modernidad, que si bien, sus fachadas blancas y
lisas, sus ventanas alargadas y ligereza demostraban a primera vista el desarraigo
al ornamento, otras intenciones ornamentales muy sutiles se conservaban en la
idea de arquitectura moderna, de forma muy tácita se hacían ver en las obras,
como una reinterpretación de esta y con una evidente intención de mantenerla
oculta o de simplemente cambiarle de significado, por la vergüenza que causaba
y por la intención de conservar esa imagen impoluta y prístina que buscaba dar
la modernidad, que lamentablemente la sumergió en un caos generalizado llamado
la ciudad moderna.
Pero
¿Qué ornamento se ve en la modernidad? O más bien ¿Cómo se hace ver el ornamento
en la modernidad y cómo lo resignifica? Bien, el ornamento se hace ver de
maneras muy sutiles como un coqueteo disimulado a través de operaciones como la
profundidad de la fachada, justificada funcionalmente como una operación de luz
y sombra, la aplicación de texturas en el interior a través de distintas materialidades,
la complejización del edificio a través de operaciones arquitectónicas camufladas
en funcionalidad, se convirtieron en herramientas resignificadoras del
ornamento, que si bien, no es visible a primera vista, se hace presente en la
modernidad, que hipócritamente y con vergüenza trató de esconder debajo del
tapete.
Imagen tomada de: La "segunda reconstrucción" del Pabellón Mies van der Rohe de Barcelona | ArchDaily Colombia
Imagen tomada de: Clásicos de Arquitectura: Unité d'Habitation / Le Corbusier | ArchDaily México
La contemporaneidad mira con desasosiego a la ornamentación y la generaliza y excluye, pero la misma termina utilizándola, como tu dices, con sutilidad, ¿a fin de que?. Es un debate inacabable en lo corrido de la historia, que contrapone ideas y no las buscas y si lo hace será solo por satisfacción personal, la temporalidad actual quiere contraponerse a su historia y mostrar que es la climax y la perfección de toda una constante evolución paradigmática, pero no es así, la modernidad solo es otro elemento más de un ciclo infinito entre ornamentación y austeridad. UN saludo
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