jueves, 15 de diciembre de 2022

Reciprocidad para los sentidos

 Reciprocidad para los sentidos | Silvana López Santana


Al discurrir en las reflexiones de Maurice Merleau-Ponty, en donde se analiza la relación entre la pintura y la labor del pintor, se hallan algunas analogías con respecto a la arquitectura y el arquitecto, de qué manera los sentidos se generan por el arquitecto y en qué proporción es la arquitectura la que evoca tales sentidos. 

Ponty hace referencia a la pintura como aquella que arraiga a una persona en un sitio, explicando que es el pintor el que aporta el cuerpo al realizar la pintura. Deslinda a la persona en dos partes esenciales al momento de crear una obra de arte. Por un lado, enmarca la parte subjetiva, la  encargada de generar  ideas y moldear las mismas en una figura abstracta para luego, haciendo referencia a la segunda parte que compone al individuo, la objetiva, efectuar el molde (es decir la pintura en sí). Es aquí que se evidencia la importancia de este último, ya que es únicamente mediante el mismo que se logra aportar algo al mundo, ya que el Espíritu, entendido en el plano de las ideas, no es capaz de ejecutar la acción.

Enlazar las sensaciones con lo existente se logra a través de esta parte objetiva: el cuerpo es capaz de hacer ver los objetos. El ojo permite la dirección del cuerpo a un punto en específico. Y la pintura celebra la visibilidad, su función y su forma de interacción se da mediante el ojo perteneciente a un cuerpo. 

El enlace que existe entre estos tres factores: la pintura, la visibilidad y el cuerpo, es análogo en arquitectura, pero sucede que ésta no se limita al sentido de la vista sino que se extiende a los otros sentidos que pueda experimentar el cuerpo pues, la arquitectura se extiende, entrevera y envuelve a y con quien interactúa.

Se obtiene entonces una regla de tres: la visibilidad está a la pintura, conectando al cuerpo y al mundo, como la extensión de los sentidos están a la arquitectura. Por dicha fórmula teórico matemática, se entiende que la arquitectura se despliega más allá de la visibilidad y su reflejo se da en las demás sensaciones. 

Ahora bien, dicho sujeto se propaga en las demás sensaciones por medio de las interacciones a las que induce, es así que se enuncian las tres sensaciones principales emitidas y acogidas por la arquitectura y el cuerpo, respectivamente:


La arquitectura se observa, y observa.


La arquitectura se impone con su presencia, con su monumentalidad a través de sus elementos tangibles. Esto hace que sea necesario verla, observarla. Sin embargo, dicha observación va más allá de una visión y se convierte en una contemplación, en el momento en que su imponencia es tal para hacer permanecer al  cuerpo  inmóvil, estudiando así las intenciones de quien ejecutó dicha obra.

Por su contraparte, dejarse observar por la arquitectura significa dejarse llevar por la  grandiosidad y superioridad de la estructura misma. Sin embargo, es importante recalcar que, si bien la arquitectura es visible, en el sentido que es tangible, no cualquier tipo de edificación se impondrá, sino sólo aquellas piezas que, pensadas para ello, tengan la capacidad de llamar la atención por medio de la vista: será observada y observará aquella composición cuyo impacto visual implique una comunicación muda con el espectador.


La arquitectura se palpa, y palpa.


Al palpar una superficie, se identifica una textura específica. La arquitectura se deja palpar en el sentido que ella misma se pronuncia, se identifica con dicha textura.

Al explorar un espacio llano, es decir al palpar una superficie plana, se revela la fluidez como parte de la experiencia sensitiva. Se percibe la capacidad de ejecutar allí mismo un movimiento orgánico y realizar alguna actividad específica. 

Por ejemplo, quien palpa una superficie plana, puede decidir patinar sobre ella, porque la textura del área así se expresa y permite un alto grado de fluidez. Es de este modo que la arquitectura palpa al individuo y le manifiesta su natural discurrir para quien allí se encuentre se comporte y palpe la misma experiencia o sensación.


La arquitectura se escucha, y escucha.


La materialidad de la arquitectura determina un sentido más allá del palpar. Desde la misma, se perciben también diversos sonidos dados por medio del lleno y del vacío que dicha materialidad expresa. Es de este modo, que se llega a gozar de una espacialidad por medio del silencio o el eco de un lugar, condicionando así como sucedía con la textura, los comportamientos naturales u orgánicos de quien lo habita ya que, en diferentes sonoridades se dan diferentes actividades.

Ahora bien, la arquitectura no sólo se escucha para ejecutar ciertas actividades, sino que también escucha al cuerpo que contiene: se condiciona de tal manera a dictar la posibilidad de desarrollo de alguna actividad. El espacio se dispone por medio de los sonidos para que el cuerpo logre ejecutar un trabajo específico.


Como se ha visto, es recíproca la interacción entre la arquitectura y el habitante. El verbo actúa tanto de manera activa como pasiva y provoca entonces una reacción dada por la correlación entre los dos entes. Sin embargo, no es posible que la arquitectura se comunique con el humano sin antes haber sido pensada para dicha comunicación, esto quiere decir que debe existir un cuerpo, el cuerpo del arquitecto, que plasme en ella las condiciones necesarias para que pueda existir esta reciprocidad. 

Se concluye, de esta manera, que tanto el pintor como el arquitecto aportan su cuerpo para evocar emociones por medio de sus obras; y éstas se acomunan por el hecho de hacer sentir con su sola presencia. No obstante, como se ha venido diciendo, es una labor que implica aporte por parte y parte. Si bien el espacio transmite, debe haber alguien que permita dicha transmisión.


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